La Biblia es el libro más realista y práctico del mundo. Por un lado, las Sagradas Escrituras nos enseñan la realidad de la condición sin esperanza del hombre debido a su naturaleza pecaminosa. Por otro lado, la Palabra de Dios nos ofrece la esperanza y transformación más grande que el hombre puede imaginar. La doctrina de la salvación divina, disponible para todo ser humano, tiene que ver con la salud de la persona. Se puede traducir “la curación”, o “el remedio” y constituye el tema principal de la Biblia.
Por la experiencia personal, y por las enseñanzas claras de las Escrituras, el hombre sabe que tiene una enfermedad que se conoce como “pecado”. No sólo sabemos que somos rebeldes y pecadores en contra de la voluntad y santidad de [página 15] Dios, sino que también llevamos el peso de la culpabilidad de nuestras infracciones de las leyes del Creador. Por todas partes del mundo los hombres ofrecen sacrificios y ofrendas para expiar ante Dios sus malas acciones. Los judíos, por ejemplo, mantenían un sistema bastante complejo, por más de mil doscientos años, que les enseñaba la necesidad de derramar sangre para hacer la expiación por sus pecados. Pero reconocemos que aun estas costumbres o ritos religiosos no sanan la culpabilidad que sentimos por el pecado, ni curan la tendencia de seguir haciendo el mal; como dice el libro de Los Hebreos: “La sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Heb. 10:4). ¿Dónde, pues, queda el remedio o la salvación para la enfermedad que afecta a toda la raza humana? La respuesta es que Cristo es el Salvador que ofrece esta curación a todos los que desean la nueva vida hecha posible por Dios.
Si el AT es el registro de la caída moral de los hombres, el NT es el anuncio de que Dios ha provisto su propio “Cordero que quita el pecado del mundo”. No cabe duda de que los profetas y otros de la época precristiana esperaban la provisión de Dios. Ellos anticipaban un remedio o salvación que podría efectuar la curación permanente ante la plaga del pecado. Isaías aun predijo el método que el Padre usaría para salvar al hombre. Hablando del Siervo de Jehovah que había de venir, el profeta dijo: “Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Nosotros le tuvimos por azotado, como herido por Dios, y afligido.
Pero él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue
sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” (Isa. 53:4, 5). La salvación, o sea la curación que Dios provee para el hombre es una persona: su Hijo Unigénito. Él vino por medio del Espíritu Santo y la virgen María para morar entre los hombres y ser uno de nosotros. De hecho, Jesús era completamente hombre, tanto que la gran mayoría lo pasaba por alto sin reconocerlo como el Dios encarnado.
La palabra clave para comprender lo que Dios hacía en la concepción, el nacimiento, el desarrollo humano y la muerte de Jesús es el término “sustituto”. Jesucristo tomó nuestro lugar en cuanto a la obediencia, el ejemplo de la justicia y la paga del pecado, que es la muerte. Cristo en la carne, o sea como el hombre, es Dios en medio de nuestras tentaciones y pruebas cumpliendo la parte humana del pacto entre Dios y el hombre.
Ante el Padre, Jesús es nosotros viviendo y andando como los hombres deben ser, como criaturas hechas a la imagen del Dios Santísimo. La divinidad de Cristo nos enseña que por nuestras propias capacidades y potencias humanas somos incapaces de cumplir con la voluntad de Dios.
Cristo no es sólo otro buen religioso como piensan los fundadores de varias sectas en el mundo de hoy. Él es Dios y hombre a la vez. Como Hijo del Hombre, Jesús confía en Dios para su fuerza moral y su sabiduría espiritual. Como Hijo Unigénito de Dios, Jesús llega a ser humano para cumplir el destino divino del hombre en medio del ambiente del mundo con todas sus tentaciones y problemas. El diablo lo tienta, los hombres lo rechazan, los religiosos de su día demandaron su muerte; pero en medio de todo, él es fiel a la voluntad de su Padre Creador.
[página 16] Sin embargo, la obra salvadora de Cristo, o sea la curación que Dios ofrece al hombre, es mucho más. Él no es sólo nuestro sustituto en cuanto a la obediencia y la fe, sino que tomó nuestro lugar en cuanto al castigo del pecado. Cuando Jesús murió en la cruz, su muerte no es sólo el fallecimiento de otro mártir dando su vida por una buena causa. Él es el Cordero de Dios quitando el pecado del mundo.
Jesús derramó su sangre voluntariamente y, a la vez, vicariamente o sea como sustituto por nosotros. “La paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23a), y por eso, para salvarnos, el Hijo de Dios murió en nuestro lugar. Esta muerte por nuestro pecado es tan real y completa que Jesús exclama desde la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46b). No hay una muerte mas horrenda que ser desamparado por la Fuente del amor, de la vida real y del propósito de toda la existencia.
La muerte expiatoria de Cristo no es sólo un ataque cardíaco o el resultado de la vejez. Se hace por medio del derramamiento de su sangre como los judíos hacían con los animales del sacrificio diario en el AT. ¿Qué significado tiene esto para nuestra salvación? Es que de esta manera Cristo nos entrega su propia vida, pues el libro de Levítico dice: “La vida del cuerpo está en la sangre” (Lev. 17:11). El Hijo de Dios da su vida por nuestra vida condenada y nos la ofrece a nosotros. Es por eso que Dios nos promete la vida eterna cuando creemos en él. Jesús libra su vida divina y humana para ofrecérsela al hombre que quiera recibirla por medio de la fe y el arrepentimiento.
Debemos tomar en cuenta también que Cristo no se quedó muerto. Nuestra salvación sería nula y vacía si no hubiera una resurrección creadora del cuerpo de Cristo. La realidad de la resurrección de Jesús es uno
de los hechos de la historia mejor probados del mundo (véase 1 Cor. 15:1–9). Pablo nos enseña que resucitó para nuestra justificación y ésta resulta en la paz entre nosotros y Dios (Rom. 4:25—5:1). Cristo no se quedó sepultado como otros grandes filósofos y religiosos, más bien, el Espíritu de Dios que tomó parte en la creación original (Gén. 1:2) lo levantó de la tumba en una forma glorificada y después él se presentó ante centenares de testigos, muchos de los cuales pagaron con sus vidas antes que negar la realidad de la resurrección física de Jesús.
En otras palabras: ¡Cristo está vivo! Miramos hacia atrás para aprender el proceso que Dios usó para proveernos una salvación adecuada y eterna. Él, sin embargo, está presente en el mundo permanentemente por medio del Espíritu Santo para darnos su propia vida divina y para acompañarnos en las pruebas de la vida. Él dice individualmente a quienes lo siguen: “Nunca te abandonaré ni jamás te desampararé” (Heb. 13:5). Por supuesto, la pregunta más importante del hombre en cuanto a la salvación es: ¿Cómo se logra personalmente tal curación del cáncer del pecado? La respuesta tiene varios aspectos. En primer lugar, se tiene que oír las buenas nuevas acerca de Cristo y su obra redentora. Esto significa que la salvación se comunica por medio del testimonio de otros y a través de las Sagradas Escrituras. La salvación transformadora de Dios no es impuesta a la humanidad sin que las personas como individuos
la deseen. Oír académicamente el evangelio es una cosa, pero oírlo con el deseo de ser perdonado y transformado por Dios es otra cosa. Éste es el primer paso. En segundo lugar, se debe tener en cuenta la verdad de que la iniciativa en cuanto a la salvación es de Dios. Él no es sólo el autor y el ejecutor de la salvación del hombre, él también elige a los que reciben esta dádiva eterna. Dios no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Ped. 3:9). Pero el hombre no puede ganar o merecer la salvación de Dios. Ni por sus buenas obras o su justicia propia puede el hombre salvarse. Pablo dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9). Lo único que el hombre puede hacer es oír la Palabra de Dios con el deseo de permitir que suceda en su ser lo que Dios quiere hacer. Esto es lo que la Biblia llama la fe. Creer en Cristo significa algo más que tener tristeza por el pecado o tener miedo al infierno. Es más bien como el matrimonio, cuando el novio y la novia se comprometen y se confían mutuamente para todo lo que ha de suceder en el futuro. No se confían académica o abstractamente, sino personal, intelectual y emocionalmente. La fe salvadora es la entrega total del cuerpo y del alma a otra persona, Jesucristo. Nos rendimos a él como nuestro Señor y Rey.
En relación con la salvación depositamos nuestra fe en Jesucristo, no sólo para el perdón del pecado, ni siquiera para la entrada al cielo. Ponemos nuestra fe en Cristo porque deseamos “casarnos” con él. Sobre todo, queremos darle a él el Señorío sobre nosotros. Cuando Jesús es nuestro Señor, él llega a ser también nuestro Salvador. Él nos salva al ocupar el trono de nuestro intelecto, nuestro albedrío y nuestras prioridades en la vida. No hay salvación sin que nos sujetemos al Señorío de Cristo. En la Biblia la salvación que Dios nos da se describe como la vida nueva, o sea el nuevo nacimiento. En otros términos, la salvación no es sólo una experiencia emocional que sucede una o varias veces en la vida. Es más bien una manera diaria de vivir, y una manera de pensar. Tampoco es la salvación una dádiva que Dios nos la da sólo al morir. Es la presencia del Espíritu Santo en nosotros desde el momento en que nos sujetamos al Señorío de Jesucristo. Es para toda la vida, pues la Biblia la llama “vida eterna”. Es una curación para siempre y que afecta a todo el ser del creyente.
Los resultados de la salvación son muchos. El Espíritu de Dios nos cambia tanto que nuestro albedrío se modifica y nuestro propósito en la vida se transforma. Queremos alabar a Dios individual y colectivamente. Comenzamos a amar a otros, aun a nuestros enemigos y a los que nos maltratan. Pasamos tiempo en oración continua y leemos la Palabra de Dios para conocer la voluntad de Dios en nuestra conducta diaria. Damos testimonio de Cristo y su salvación cuando nos es dada la oportunidad. Procuramos ofrendar lo máximo posible a la obra de Dios para demostrar nuestra gratitud a Jesucristo por su sacrificio en favor nuestro. No tenemos temor a la muerte, pues vivimos en la confianza de que cuando estamos ausentes del cuerpo estaremos presentes con el Señor (2 Cor. 5:8).
No hay mensaje más necesitado en el mundo hoy. El problema mayor del hombre está dentro de su misma persona. El remedio no se encuentra en mejorar sólo sus circunstancias externas, ni en llenar su mente con el humanismo. La curación de los problemas morales y espirituales del hombre es Jesucristo y la transformación que él efectúa una vez que sea aceptado como Señor y Salvador. Después de este milagro en los individuos, ellos querrán mejorar su ambiente, y cada uno dará testimonio: “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Fil. 4:13).
Doctrina de la salvacion
– March 5, 2011Posted in: Estudios Biblicos

